La familia

 


Su participación es importante

 


Las familias tienen una gran relevancia en los modelos de atención centrada en la persona, tanto si la atención es en el propio domicilio como si es en un centro. La familia es un apoyo difícilmente sustituible para el bienestar de la persona mayor.

 


Es importante posibilitar que las familias participen en el plan personalizado de atención, siempre que la persona mayor lo acepte. También saber respetar la forma e intensidad de la colaboración de las familias en los planes de atención. Su participación puede depender de muchas cosas. De las necesidades y deseos de la persona mayor, de los contextos de cuidados, de la disponibilidad, características y deseos de cada grupo familiar, de la relación y experiencias previas o de la capacidad de autogobierno de la persona mayor. Nuestra actitud debe ser animar, proponer y facilitar modos de cooperación, pero respetando las decisiones de las familias y no juzgándolas.

 


En las personas usuarias con suficiente competencia para la toma de decisiones, las familias han de actuar de acompañantes, de apoyos facilitadores de las personas mayores, procurando que sean éstas quienes tomen sus propias decisiones y evitando que las familias ocupen su espacio de decisión.

 


En las personas con grave afectación cognitiva serán las familias o allegados quienes asuman su representación en la práctica totalidad de los asuntos cotidianos. Entonces, lo adecuado es que las familias decidan sabiendo colocarse “en la piel” de la persona usuaria y defendiendo lo que ésta hubiera deseado si fuera todavía capaz. Cuestión compleja que requerirá, en muchos casos, de consejo por parte de los profesionales.

 


La actitud del equipo hacia las familias

 


Algunas formas de organización y ciertos comportamientos y actitudes profesionales pueden distanciar a las familias. Entender que en los centros o en los servicios la atención de las personas mayores debe estar exclusivamente “en manos de los profesionales” es una visión absolutamente incompatible con este modelo de atención.

 


La actitud que los profesionales mantengan hacia las familias es determinante en su colaboración. Puede actuar tanto como facilitador de la cooperación familiar como convertirse en una auténtica barrera.

 


Los profesionales de atención directa son muy importantes en la transmisión diaria de los principales mensajes sobre lo que el servicio espera y ve en las familias. En función de cómo los equipos se comuniquen con las familias, las ideas que trasladen, en suma, de la actitud que muestren a las familias, la respuesta y cooperación de éstas se verá facilitada, o por el contrario, dificultada.

 


La familia, objeto de atención profesional

 


Las familias deben ser contempladas por los equipos técnicos no solo como un apoyo importante para el bienestar de la persona mayor sino como objeto en sí mismas de atención profesional.

 

Las familias habitualmente presentan distintas necesidades que van más allá del respiro que posibilita el acceso a un servicio profesional. Necesidades que no son idénticas entre las distintas familias y que además pueden ir cambiando a lo largo del proceso de cuidados. Entre ellas figuran el reconocimiento social, el asesoramiento individualizado, la formación, la intervención psicológica o el intercambio de experiencias con otras familias.

 


Algunas claves para intervenir con las familias

 


Los comportamientos profesionales se ven condicionados por sus opiniones personales sobre el papel de las familias en el centro o servicio, o incluso por sus juicios morales sobre los deberes de éstas en relación al cuidado de las personas mayores. Los mensajes poco claros o contradictorios entre los distintos profesionales suele dificultar enormemente la relación centro-familia.

 


Resulta primordial tener claro desde qué claves hemos de intervenir, como equipo, y como profesionales, con las familias. Solo así lograremos hacerlo, de un modo congruente y llevar cabo intervenciones coherentes y más efectivas.

 

a) La voluntariedad del cuidado. Cuidar a los mayores ha de considerarse como una opción voluntaria para las familias. Ello implica, además de que éstas tengan acceso real a los recursos profesionales, partir y entender que no cuidar también es una opción que no va unida necesariamente al abandono o la falta de cariño. Partir de la voluntariedad en el cuidado también significa que las familias decidan en qué grado y con qué intensidad pueden o desean asumir o incorporarse en los cuidados, sin que esto se vea sometido al juicio de los profesionales.

 

b) La complementariedad en los cuidados. El centro o servicio ha de propiciar el cuidado complementario por parte de los profesionales y de la familia a la persona mayor. La atención profesional no se contempla como una alternativa sustitutoria de los cuidados de la familia sino como un recurso que ofrece apoyos para seguir cuidando mejor, si así lo desea, a la persona mayor y a ella misma.

 

c) La desculpabilización. El equipo debe trabajar con las familias procurando reducir los sentimientos de culpa que en ocasiones surgen (todavía hoy muy frecuentes en las mujeres cuidadoras) cuando la persona mayor a su cuidado accede a un recurso ajeno al ámbito familiar. Nuestra actitud ha de ser de escucha, de normalización de estos sentimientos, evitando actitudes que fomenten estos sentimientos.

 

d) La capacitación y la cooperación con el centro. La intervención con familias debe buscar la capacitación de éstas tanto en lo relacionado con los cuidados de la persona mayor, como con los autocuidados. Esta capacitación deberá estar orientada siempre hacia la cooperación centro-familia con el propósito de hacer posible actuaciones coherentes e integradas en la vida cotidiana de la persona.

 

e) Los cuidados compartidos por el grupo familiar. El equipo técnico deberá sensibilizar y estimular hacia los cuidados compartidos por el grupo familiar, evitando que ésta recaiga solo en un miembro (habitualmente una mujer). Cuando esta reorganización se logra, es más fácil que el grupo familiar se


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